Hace rato que no me siento a escribirte como antes, pero hay cosas que el corazón no debería dejar de decir nunca. Y hoy, después de siete años, vuelvo a este lugar tan nuestro, a este rincón donde las palabras siempre me han ayudado a poner en orden todo lo que siento por vos.
Siete años suena fácil decirlo, pero solo nosotros sabemos todo lo que cabe en ese número. Caben sueños, luchas, desvelos, abrazos, lágrimas, perdones, proyectos, cansancios, risas, planes que salieron bien y otros que Dios acomodó distinto. Caben Ignacio y Maximiliano, que son sin duda los regalos más grandes que la vida nos ha dado. Caben las empresas, las metas, los días en que nos hemos sentido imparables y también esos días en que solo nos hemos tenido el uno al otro para seguir.
Y aun así, aquí estamos.
No somos perfectos. Nunca lo hemos sido. Hemos discutido, nos hemos cansado, nos hemos dicho cosas que quizás no debimos, pero también hemos aprendido algo que vale más que cualquier discurso bonito: que el amor no es solo sentirse bien, el amor también es quedarse, luchar, perdonar, volver a intentarlo y elegirnos incluso cuando no es fácil.
Yo te sigo eligiendo.
Te elijo como esposa, como mamá de nuestros hijos, como compañera de vida, como la mujer que me ha visto crecer, caer, levantarme y volver a soñar. Te elijo porque con vos he entendido que la familia no se construye de un día para otro, sino todos los días, en lo pequeño, en lo cotidiano, en la paciencia, en la fe y en esa decisión silenciosa de seguir caminando juntos.
Gracias por Ignacio. Gracias por Maximiliano. Gracias por la forma en que los amás, los cuidás y los sostenés. Gracias por ser esa mamá que se entrega, que se esfuerza, que se preocupa, que sueña para ellos una vida bonita. Verlos a ellos es ver lo más hermoso que hemos construido juntos.
Gracias también por ser mujer, esposa, amiga, socia, apoyo y refugio. Gracias por tu paciencia, por tus ideas, por tus ganas de salir adelante, por tu forma de luchar por lo nuestro. Gracias por caminar conmigo incluso cuando el camino se pone pesado. Gracias por creer, por insistir y por enseñarme, tantas veces sin decirlo, que la vida se hace más llevadera cuando se comparte con la persona correcta.
Hoy no solo celebramos siete años de matrimonio. Celebramos una historia. Celebramos una familia. Celebramos todo lo que Dios nos ha permitido vivir y todo lo que todavía nos falta construir.
Que nunca dejemos que el orgullo sea más grande que el amor. Que nunca se nos olvide que somos equipo. Que nunca dejemos de poner a Dios en el centro de nuestra casa, de nuestros hijos, de nuestros sueños y de nuestras decisiones.
Te amo.
Te admiro.
Te agradezco.
Y después de siete años, puedo decirte con más certeza que nunca: con vos quiero que las cosas vayan bien, con vos quiero seguir construyendo, con vos quiero envejecer, y con vos quiero seguir descubriendo todo lo que Dios tiene preparado para nuestra familia.
Feliz séptimo aniversario, vida mía.